El otro día fui al mercado, a comprar verduras en el puesto de siempre. Me gusta ir ahí por que la señora que atiende es agradable y platicadora. Es una señora de la tercera edad de piel muy morena y cabello totalmente cano.
Conversábamos respecto a la muerte, y lo repentina que se puede dar. De pronto mencionó como ejemplo la película de Macario.
El momento me pareció muy interesante por dos cosas. Por la película en sí, porque ya la había visto con mi familia, quienes son muy fanáticos y conocedores del cine mexicano antiguo. Pero también, por el acto de que una persona narre una película que le resulta significativa.
En esencia, Macario muestra el miedo natural que todos tenemos a la muerte, el deseo de vivir más. Pero creo que también habla del deseo de poder disfrutar, de poder darnos cosas que deseamos, con todo el egoísmo que a veces puede significar. Para un indígena pobre, puede significar hartarse de guajolote hasta la gula, porque probablemente, el hambre es su «pan de cada día». A Dios y al Diablo, de un modo te los topas todos los días. Pero a la Muerte, solo una vez, y no sabes cuando. Creo que por eso, los pequeños actos de goce egocéntrico terminan siendo justificables, necesarios.
Si, al final, Macario se muere, ni modo, el spoiler. Pero tienes que ver lo simbólico de esa escena. Creo que a veces una película, una canción, un libro, nos dan ese mensaje que no tenemos palabras para definir. Y cuando alguien te platica esa historia, te está compartiendo una idea para la cual no tiene palabras. Cuando tu conoces esa historia, cuando ya has visto la misma película, es como si pudieras tener un entendimiento más allá de las palabras.
No soy fanático de las conversaciones tan largas, admito que no soy tan sociable. Así que cuando llegó otro cliente y la señora tuvo que apurar el final, sentí cierto alivio, porque, al igual que la muerte, tenía un hambre atrasada de mil años.
Antes de irme, me llevé un puño de dátiles deliciosos, y me los comí todos yo solo.
